Era un aislado bosque donde reina el verdor, la paz y la tranquilidad. Nada en ese microuniverso parece perturbar aquella soledad. Los árboles se movían muy lentamente con la suavidad de las brisas estivales y tímidamente el río se hacia sonar cayendo por las pequeñas rocas que servían de refugio para los diminutos peces. Era un paradisíaco bosque, lleno de grandes y robustos robles, donde los difusos senderos llevaban hacia una inmensa pradera que, en ese preciso momento, era un amplio mar verde. Sus altas hierbas ocultaban pequeños seres que habitaban allí y, de manera muy dinámica, daban un toque de vida delante de la inmensidad tranquila. En mitad de aquel verdor, una insignificante laguna de agua cristalina se mostraba ante aquel escenario y donde se alzaba una desmesurada roca en pleno centro, como si de un obelisco se tratase. Esta peña era quebradiza, formada de manera abrupta por montones de otras piedras que se apelotonaban unas con las otras quedando un efecto visual terrorífico si no fuese por la luz y el verde que la rodeaban.
Un tímido ciervo surge del bosque, atraviesa la pradera en busca de algo con el que saciar su sed. Llega a la laguna y se dispone a beber de aquella agua. Antes, observa, siente y escucha... solo hay paz. El ciervo vuelve a su lugar de origen y se pierde entre los troncos y las verdes hojas. A modo de rutina, el grácil ciervo cada día opta por visitar la laguna y su roca. En cada momento, reina la paz.
La llegada del otoño hizo de aquel paisaje más encantador: ya no impera el verde sino que las distintas tonalidades del marrón, amarillo y rojo se fusionaron, los ya borrosos senderos estaban cubierto de miles y crujientes hojas... aún se respiraba tranquilidad. El inocente ciervo se dispuso a traspasar la pradera y llegar a la laguna, pero esta vez, no estaba sola. Desde lo lejos vio como un águila real se posaba en la colosal piedra y con su penetrante mirada amenazaba la supervivencia de los pequeños seres que ahí vivían. Confiado de su tamaño y con las pequeñas astas que le brotaban en el cráneo, decidió ir, como cada día, a beber una vez más de aquella laguna ignorando por completo a tal bestia. La rapaz ave se sorprende e intenta intimidar al joven ciervo. El ciervo bebe. El águila furiosa bate las alas con tremenda energía. El ciervo sigue bebiendo aunque ahora ya con algún que otro miedo. El águila se marcha y con él, el ciervo vencedor.
Al día siguiente, el vanidoso ciervo vuelve a ir tranquilamente hacia donde reposa el cruel águila pues, esta vez, tiene entre sus garras una diminuta ratita. Mientras el ciervo bebe, el águila oprime, desangra y mutila a la tierna ratita que vierte su sangre en la pequeña laguna. El ciervo se marcha no sin antes posar su inocente mirada sobre el ave. En ese momento, se proclamó victoriosa el águila pues, el tranquilo ciervo, no volverá a desafiarle ni volverá a esa laguna.
La paz se esfumó con el ciervo y el terror del águila no ha hecho más que empezar.
Cada persona crece con unos ideales fruto de la experiencia y el saber. ¿Hasta que punto somos capaces de seguir con nuestros ideales? En una situación límite, ¿los cambiaríamos sin más? Por todos es sabido que en las guerras es cuando se puede palpar el movimiento de ideales, ¿como sabemos que nuestro ideal es "el correcto" y el de otra persona no? La tranquilidad contra la agresividad, moralmente, el bien contra el mal, luchar por estar ahí o por seguir ahí, ignorar al adversario o combatir... los insignificantes hechos pueden desencadenar grandes atrocidades si no se les otorga una mayor importancia. Pero, es bien cierto que por los ideales vale la pena morir, no?
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